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La Soledad - parte I

Crecer...

¡Qué difícil!

¡Es tanto lo que pasa a nuestro alrededor! Es tanta la información, son tantas las emociones, tantos los puntos de vista.

Los primeros años de nuestra vida transcurren entre la ilusión y la realidad, iniciando esa danza de cortejo entre el mundo interno y el externo, entre lo familiar y lo desconocido, entre lo personal y lo social.

Los años de infancia son mágicos. Tienen una magia tan real como el calor del sol, que no proviene de los esfuersos de los padres por darle a sus hijos una infancia perfecta, sino de la capacidad de maravillarse frente a un mundo que es siempre nuevo, una magia que proviene de los tímidos intentos de una mente nueva que intenta dar explicaciones a un mundo infinitamente grande que excederá por siempre la soberbia de su lógica, una magia que habla de hadas cuando el bosque cambia su tono, de monstruos cuando se enfrenta a lo incierto de la oscuridad y lo inexplicable de la naturaleza humana, y que nos da superpoderes para resolver las cosas sin mucho esfuerzo.

Más adelante nos llega la adolescencia, que tiene de intensa y atractiva lo que de confusa e inestable. El brillo de nuestros ojos exploradores se convierte en el latir de un corazón altivo, que ya no se maravilla con lo que ve sino que juzga, que ya no explica sino que intenta entender; que ya no intenta complacer a quien ama, pero que enamorado del amor, busca complacerse en quien ama. Cambios. Pruebas. Sueños. Planes. Negociaciones personales. Poner prueba su propia capacidad. Nada se da por sentado. Todo se puede cuestionar.

Crecer es enfrentarse a lo desconocido, y sí, para hacerlo nos acompañamos de las personas que consideramos más cercanas, afines o aptas; pero en algún momento, cuando las pantallas se apagan de noche, cuando debería estar estudiando por la tarde, en medio de una fiesta, o después del beso de buenas noches... en algún momento, del día o de la semana... necesitamos ver hacia adentro y simplemente estar solos. Pensar. Hacernos compañía nosotros mismos, sin amigos, sin sermones.

Disfrutar de nuestra soledad; es más fácil decirlo que hacerlo. ¿Será más adecuado  intentar reconciliarnos con ella? Es difícil, a casi le enseñan cómo. Es más, culturalmente nos enseñan a huirle. Vernos disfrutar en soledad le genera ansiedad a quienes nos quieren. ¿Estará enfermo?¿deprimido?¿en drogas?¿para qué se encierra? Rechazar una invitación simplemente para estar solo es algo insconsevible, y sin embargo, a veces es necesario. Nuestros padres debieron haberlo hecho, nosotros deberíamos hacerlo con otros... pero que difícil. En la soledad habitan la ansiedad, lo prohibido, lo oculto, la inseguridad, la tristeza, la desesperación y la desesperanza; y de alguna forma mantenemos la fantasía de que si somos buenos padres, podemos procurar nuestros hijos una vida sin tales emociones. Si respetar la privacidad ya es difícil, respetar la soledad es un acto de amor.

Estar solo es un arte, algo que no se hace bien si no se practica. Si enseñáramos a nuestros hijos a meditar, a jugar solos sin culpa ni queja. Si lográramos controlar nuestra ansiedad, y comenzáramos a compartir nuestras propias experiencias y necesidades alrededor de la soledad. Si a la soledad le diéramos el lugar de compañera en el día a día, estaríamos formando personas más seguras de sí mismas, más dispuestas a pedir ayuda, con una vida interna muchísimo más sana, mejor dominio de sí mismas y acostumbradas a reflexionar antes de actuar.

Que su familia le bendiga.

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