miércoles, 28 de enero de 2015

La Soledad - parte I

Crecer...

¡Qué difícil!

¡Es tanto lo que pasa a nuestro alrededor! Es tanta la información, son tantas las emociones, tantos los puntos de vista.

Los primeros años de nuestra vida transcurren entre la ilusión y la realidad, iniciando esa danza de cortejo entre el mundo interno y el externo, entre lo familiar y lo desconocido, entre lo personal y lo social.

Los años de infancia son mágicos. Tienen una magia tan real como el calor del sol, que no proviene de los esfuersos de los padres por darle a sus hijos una infancia perfecta, sino de la capacidad de maravillarse frente a un mundo que es siempre nuevo, una magia que proviene de los tímidos intentos de una mente nueva que intenta dar explicaciones a un mundo infinitamente grande que excederá por siempre la soberbia de su lógica, una magia que habla de hadas cuando el bosque cambia su tono, de monstruos cuando se enfrenta a lo incierto de la oscuridad y lo inexplicable de la naturaleza humana, y que nos da superpoderes para resolver las cosas sin mucho esfuerzo.

Más adelante nos llega la adolescencia, que tiene de intensa y atractiva lo que de confusa e inestable. El brillo de nuestros ojos exploradores se convierte en el latir de un corazón altivo, que ya no se maravilla con lo que ve sino que juzga, que ya no explica sino que intenta entender; que ya no intenta complacer a quien ama, pero que enamorado del amor, busca complacerse en quien ama. Cambios. Pruebas. Sueños. Planes. Negociaciones personales. Poner prueba su propia capacidad. Nada se da por sentado. Todo se puede cuestionar.

Crecer es enfrentarse a lo desconocido, y sí, para hacerlo nos acompañamos de las personas que consideramos más cercanas, afines o aptas; pero en algún momento, cuando las pantallas se apagan de noche, cuando debería estar estudiando por la tarde, en medio de una fiesta, o después del beso de buenas noches... en algún momento, del día o de la semana... necesitamos ver hacia adentro y simplemente estar solos. Pensar. Hacernos compañía nosotros mismos, sin amigos, sin sermones.

Disfrutar de nuestra soledad; es más fácil decirlo que hacerlo. ¿Será más adecuado  intentar reconciliarnos con ella? Es difícil, a casi le enseñan cómo. Es más, culturalmente nos enseñan a huirle. Vernos disfrutar en soledad le genera ansiedad a quienes nos quieren. ¿Estará enfermo?¿deprimido?¿en drogas?¿para qué se encierra? Rechazar una invitación simplemente para estar solo es algo insconsevible, y sin embargo, a veces es necesario. Nuestros padres debieron haberlo hecho, nosotros deberíamos hacerlo con otros... pero que difícil. En la soledad habitan la ansiedad, lo prohibido, lo oculto, la inseguridad, la tristeza, la desesperación y la desesperanza; y de alguna forma mantenemos la fantasía de que si somos buenos padres, podemos procurar nuestros hijos una vida sin tales emociones. Si respetar la privacidad ya es difícil, respetar la soledad es un acto de amor.

Estar solo es un arte, algo que no se hace bien si no se practica. Si enseñáramos a nuestros hijos a meditar, a jugar solos sin culpa ni queja. Si lográramos controlar nuestra ansiedad, y comenzáramos a compartir nuestras propias experiencias y necesidades alrededor de la soledad. Si a la soledad le diéramos el lugar de compañera en el día a día, estaríamos formando personas más seguras de sí mismas, más dispuestas a pedir ayuda, con una vida interna muchísimo más sana, mejor dominio de sí mismas y acostumbradas a reflexionar antes de actuar.

Que su familia le bendiga.

miércoles, 14 de enero de 2015

Consejo Oscuro #5 "Hágase amigo de sus hijos"

En el tsunami de consejos y recomendaciones que recibimos los padres y las madres de todo el mundo, uno de los más truculentos suele ser "Hágase amigo de sus hijos".
Es truculento, porque surge del sentido común... de lo que queríamos y pensábamos cuando aún no éramos papás, pero queríamos una mejor relación con los nuestros. Es truculento, porque vemos algunos casos entre nuestros amigos en los que pareciera que la premisa se cumple, y es truculento porque lo hemos visto recomendado por expertos de todos los colores y sabores en los medios de comunicación masiva. Pero si todo esto parece congruente ¿dónde está el truco? 

Disfrutar con los hijos, y ser los amigos de los hijos no es lo mismo
El truco está en las necesidades de sus hijos. Recordemos que el proceso de crianza es aquel en el que un adulto de la especie acompaña a la cría hasta que esta logra separarse y valerse por sí misma en el ecosistema en el que se desarrolla. Este principio es tan cierto en Animal Planet (R) como en la familia de cualquiera de nosotros, e implica un proceso de socialización que se mueve en dos niveles: por un lado, el contacto con los pares, es decir individuos de la misma edad con los que juega, pelea, y se entrena; y el manejo de la autoridad. 

Al igual que la mayoría de los mamíferos, los seres humanos somos animales de manada, y en toda manada (la nuestra se llama comunidad) los miembros deben someterse a ciertas reglas, jerarquías, y un orden social. Esta capacidad para desarrollarse como parte de la comunidad, es el nivel de socialización al que nos referimos cuando hablamos del manejo de la autoridad, aún y cuando nuestro objetivo sea el de formar nuevos "alfas" para nuestra "manada" global. Este es un proceso que se da de forma natural, sea de manera estructurada o "por la libre" de acuerdo a las circunstancias particulares de la vida de cada persona. En otras palabras, sea por la buenas o por las malas, la sociedad enseña a cada uno de sus miembros a ajustarse al orden social establecido. 

Si bien la tradición dicta que los llamados a dirigir el proceso de socialización a este nivel son los padres del menor, en general podemos decir que lo importante aquí no es el bailarín, sino que alguien se ponga los zapatos. Es decir, que si los padres no asumen su lugar como autoridad encargada de "entrenar" al niño en los procesos sociales, alguien más lo hará, sea por defecto o porque el mismo joven termina buscando figuras que suplan las funciones que no fueron atendidas durante su proceso de socialización.

Tomando en cuenta lo anterior, podemos entonces concluir que si bien es cierto que una buena relación entre los padres y los hijos facilita muchísimo las cosas para ambos, lo cierto es que en el largo plazo, el que los padres abandonen su función de formadores para ser "un amigo más" (aunque logren ser el mejor o la mejor de todas) no solo no facilita las cosas, sino que termina por poner a los hijos en riesgos innecesarios y situaciones bastante incómodas. En mi experiencia como terapeuta familiar y trabajando con población menor de edad, puedo decir además, que aquellas familias en las que desde fuera parece que los padres y los hijos son más amigos suelen ser las familias en donde el lugar y las funciones de cada uno de los miembros está claro, se respeta el derecho de los menores a tener sus propios amigos, y los padres son figuras accesibles con los cuales se puede disfrutar y mantener una comunicación clara y abierta, conservando siempre su autoridad y lugar como guía en el proceso de socialización.

Que tu familia te Bendiga.